viernes, 19 de abril de 2013

La urgente política criminal en Guatemala


Aún aguardo la esperanza que en algún crepúsculo matinal amaneceremos sobre un suelo atestado de buenos sentimientos

En un país como el nuestro, entiéndase “nuestro” en el sentido menos retórico y más iusinternacionalista posible, ¡urge ya!, diseñar y ejecutar desde la vía institucional, es decir, desde el Estado y sus instituciones dentro de su marco normativo-funcional, un efectivo y eficaz proyecto de Política Criminal, primordialmente preventiva; hago el acuse que este debe ser perfectamente adecuado a nuestra cruenta realidad, es decir, en él se deben asumir con sesudo compromiso actitudes frontales ante el fenómeno del crimen, y esto es función monopólica del Estado pues ostenta el ius imperium, y debe éste estar enmarcado dentro del esquema estructural funcionalista de un Estado Constitucional de Derecho moderno y todavía más, modernizado.

La débil protección de los bienes jurídicos tutelados como la vida e integridad de la persona, cuantificadas estas aseveraciones en las estadísticas de criminalidad y cualificadas en sus efectos perniciosos para la sociedad, han permitido visibilizar y ensanchar varios de los agujeros negros en donde han reposado y se han cultivado-reproducido nuestros (des)comunales caos (que poseen fundamento histórico); la nula o deficiente respuesta gubernamental ante el fenómeno del crimen ha estimulado o desatado una serie de respuestas no institucionales (de parte de la población) con consecuencias por demás infaustas, verbigracia, los linchamientos a granel en distintos lugares de la República, práctica socialmente tolerada y poco a poco calificada de normal, por cotidiana. 

Actos como estos han sacado a flote de modo paroxístico varias de nuestras enfermedades sociales, siendo estas de fácil identificación sintomatológica (pasada, presente y futura), pero de difícil cura, no por el hecho que no haya medicina, sino porque ha campeado el desinterés o la falta de visión en prescribir el tratamiento adecuado y poco a poco cada una de ellas se han ido tornando en epidemias irrefrenables, pues mutadas las cepas todo se agrava.

Estudios han demostrado que las personas linchan pues consideran que es el modo más asequible y legítimo de resarcir y/o castigar al infractor de las normas jurídicas prohibitivas o bien, al autor de actos moralmente reprochables (antropoculturalmente) que son causa directa de este tipo de reacciones deshumanizantes, en manifiesta desconfianza al sistema constituido, que se menoscaba y acelera su trunque.

Ante un fenómeno social como el de los linchamientos, las instituciones legalmente facultadas para actuar dentro del proceso de persecución penal se debilitan grandemente; fenómenos de este talante son indefectibles indicios de deterioro social, misma degeneración que incide magnánimamente en la afectación de la mayoría de los campos de actividad humana de asociación-relación: económico-productivo, económico-intercambio, económico-social, laboral, escolar, intelectual, académico, profesional, etcétera.
Un correcto diseño de política criminal, fabricado acá, no importado, erogaría sumos beneficios para la consecución de la tan anhelada Paz Social; paz que florece de las necesidades materiales satisfechas, del acceso real a los servicios sociales fundamentales, de la igualdad de oportunidades de desarrollo, de un orden social ordenado, valga la redundancia, y de prácticas gubernamentales tendientes al Bien Común que debe verse reflejado en el bienestar individual. Una sociedad pacífica es una sociedad próspera que se catapulta inminentemente hacia el desarrollo.

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